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Tráfico aéreo

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Y es que en este momento estoy haciendo lo que no debería estar haciendo.  Debería estar haciendo mi presentación para mi curso de Marketing, lo que voy a estar a haciendo en unos momentos, luego de estar haciendo lo que estoy haciendo en este momento.

Y es que, realmente, me parece increíble lo fácil que es encontrar inspiración justo en momentos en que uno necesita aplicarla para otra cosa.

Pasaporte, pasaje, un segundo.  La máquina no agarra mi código de reserva y tengo que hacer la cola para chequear la maleta.  Al final, ¿realmente hay una diferencia entre la cola para los que hicieron el check in y para los que no?

Empiezo a renegar por los minutos en que no fumaré.  Miro las caras extrañas de la gente de sabe Dios dónde serán.  Se cruzan miradas, música que consideras una mierda y que no entiendes cómo ese huevón puede estar escuchando eso.  Le pides a Dios que despierte a Cerati y que se junte Soda Stereo.  Empiezas a sudar porque en el aeropuerto salen 10 pantallas y no sale el gate de tu vuelo en las mismas.  Vuelves a putear porque ese aeropuerto no es como el de Frankfurt, donde hay sendas cabinas para fumadores a lo largo y ancho de la zona de espera.

La primera conexión.  En ese aeropuerto sí hay zona para fumar, pero la cajita de 5×5 metros se rebalsa de fumadores que estuvieron puteando igual que tú, y que tampoco pudieron fumar, igual que tú.  Puta madre, cómo quisiera tomarme una Inca Kola, carajo.  Pagaría hasta diez soles por una botella de medio litro, como los que pagaba en el smoking bar del Jorge Chávez cuando podías fumar antes de tomar tu vuelo sólo con pagar esa cantidad de dinero por una botella de medio litro de Inca Kola, el VIP lounge de los pobres.

Empiezas a deslizarte en esas vainas que parecen escaleras mecánicas pero que son planas.  En el Jorge Chávez también hay, alucina, sólo que miden tres metros, en este miden como cuarenta.  Juras que vas a leer todos los libros que trajiste en tu mochila para el tiempo de conexión, pero, al final, no lees ni mierda.  Te quedas viendo la gente, te vas al gate donde te toca, porque juras que si estás parado ahí desde antes va a venir un empleado de la aerolínea para empezar el embarque más rápido.  Juras que si llegas primero te van a hacer un upgrade gratuito.  Pasas la manga, y empiezas a rezar que los que te toquen al lado no te caguen el viaje.  Ruegas que tu vecino no haya zampado su mochilón de andinismo en tu compartimiento superior.  Te gustaría leer El Comercio, El Bocón o Trome en vez de USA Today o el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Una Coca Cola, una cerveza y una bolsita de esas almendras ahumadas.  Fideos con salsa roja.  Los capítulos de Friends no están ordenados bajo capítulos, están meramente al azar.  El formato ha sido adaptado para la visualización en el sistema de entretenimiento a bordo.  No quiero ver Stuart Little.  El Discurso del Rey, ya la viste veinte veces, qué chucha, es buenaza esa pela.  Notas, sin asombro, que no hay cine latinoamericano.  My Big Fat Greek Wedding.  Capitán de Mar y Tierra.  “Por favor, tengan cuidado al abrir los compartimientos superiores, ya que objetos pesados podrían caer.  Los artículos electrónicos podrán ser utilizados a partir de este momento”.  Si hago check in me van a sacar la mierda con el roaming de datos.  Otra conexión, y te vas derechito al baño porque había cola en el del avión.  No lees los libros que llevaste para la conexión, pero chequea el catálogo del duty free a ver si hay algo bueno.  Todo es más caro que el carajo.  Los de Business y First Class, así como los pasajeros con niños y/o personas mayores desfilan al avión primero que tú, al avión que, finalmente, te lleva a casa.  Un pendejo se zampó en el asiento que escogiste en el check in.  “Señorita, ¿ahora sí tienen Inca Kola?”.   Como el vuelo es corto, te sientas en la ventana.  Bienvenido a Lima, tierra del Ceviche y del Pisco Sour, de la mazamorra morada y del suspiro a la limeña.

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