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Epístola al Perú

Hay veces en que me pongo a pensar si, realmente, uno genera una conexión con el sitio donde nace, una especie de vínculo indeleble, una marca que perdura por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum.

Hice sign up con el Perú, o sea contigo, en la segunda mitad de los ochenta, años difíciles por la hiperinflación y el terrorismo.  Soy de la generación que nació bajo el slogan “El Perú es un país de mierda”.  Y para serte sincero, mi vida no era ni por asomo el vía crucis que padeció la mayoría de tus ciudadanos durante esa turbulencia de precios que crecían de manera exponencial a la par con la pobreza y la violencia.  Tenía la suerte de poder usar flotadores importados en la piscina del Jockey, de poder disfrutar de una parrillada con mi familia en el interminable jardín de la casa de mi madrina, de poder ir a misa a la Iglesia de Fátima en Miraflores, de poder comer una hamburguesa en Pops, de escuchar los gritos de mi padre gritando “¡Punto Peruano!” desde la cocina.  Carajo, teníamos tele en la cocina.  Tenía la suerte de ir a la casa de Gerónimo, mi amigo del nido Isabel de Orbea, competencia del Little Villa, y poder bañarme en su piscina, así como jugar Nintendo y ver programas de la televisión gringa porque tenía antena parabólica.  De comer turrón de doña pepa del Club Nacional, de soñar de algún regalo que me trajeran mis primos porque se fueron de viaje a Miami, Disney y alrededores, de acompañar a mis papás a comprar a Wong, bueno, E.Wong en esa época, de tener una lonchera marca Rubbermaid y de sentir que me arruinaron la infancia porque mis compañeritos del Inmaculado Corazón me decían que se fueron de vacaciones a Estados Unidos o a Europa, mientras yo replicaba, ligeramente avergonzando, que mis papás me llevaron a Tacna y Arica.  Me queda claro que desde el primer momento de mi vida fuiste bastante generoso conmigo.

Corrían ya los noventa y esos que te hicieron tanto daño fueron parando poco a poco a la cárcel.  Todo parecía indicar que te ibas arreglando.  Teníamos una nueva moneda, llegaban productos que antes no llegaban, ya no hacíamos colas tan largas para comprar arroz, tenía Super Nintendo y Game Boy, y las mamás de mi colegio ofrecían el popular servicio del Choice Lunch, versión misia de la Cajita Feliz, o como decimos los gringos, Happy Meal, porque aún no había McDonald’s, aún no estabas tan bien parado.  Llegó el tiempo de sacarnos la mugre en los recreos con los taps, no faltaba algún hijo de puta que se había traído la máquina para hacer taps de Miami y te cagaba la ilusión de haberte sacado un super tap de Bugs Bunny en tu interminable bolsa de Chizitos, cuyo contenido, a excepción del tap, obviamente se iba directo a la basura, porque sólo querías el tap.  También estaban los huachafos que se habían comprado el ring de taps de plástico que venían con los chocolates Winter’s.  Sabían a mierda los chocolates Winter’s en esa época.  Épocas donde comer Kentucky o Pizza Hut era sólo para pitucos, y donde acababa de aterrizar Domino’s Pizza, y era la cagada porque algunos se alucinaban gringos porque era la pizza con que se cierra la película “Los Goonies”.

Nunca voy a olvidarme las inolvidables tardes en el Centro de Esparcimiento del Jockey Club, cuando empecé a jugar tenis, parecía que tenía futuro.  Mi papá me había comprado una caja de crayolas marca Crayola de la puta madre para el colegio, con mil colores, pero por alguna razón todo se fue a la mierda económicamente, ya en el Santa María alguna profesora me recriminó por el delito de no haber pagado la boleta, bajo la pena de no ir al espectáculo de Inca Kola en el coliseo, aunque no contaba con mi astucia de sacar la boleta recién pagadita, con lo cual el castigo pasó a ser el premio de ser inmediatamente repuesto en la fila, incluso llegando a estar primero.  Eran épocas en donde si no pagabas la pensión no podías ni dar los bimestrales.  Eran épocas del fenómeno del niño del 97, la crisis asiática, recesión, mi viejo perdió su chamba y tuve que irme a un colegio más acorde a nuestra realidad, el colegio a donde me iba a ir si me portaba mal.  Era como cambiar de un meche a un escarabajo parchado con radio Punto Azul bambeada y tubo de escape picado.  Mis compañeros más pudientes eran de Chama y Vista Alegre, mientras los menos, de Bolichera y Saint John of Looking Flowers.  No sabes cómo te agradezco infinitamente por eso, porque tuve la suerte de conocer gente de otros estratos socioeconómicos y de entender que no todo en la vida era tener amigos del Regatas, ya que al ser socio del Jockey no podía aspirar a pasar un fin de semana en La Cantuta o San Antonio, no podía comer Bembos sin tener que recurrir a mis papás para que me lleven y tampoco podía aspirar a practicar esgrima.

Empecé a interactuar mucho más con las computadoras, fui a Wilson por primera vez en mi vida y era como estar en el paraíso.  Eran mis épocas de adolescente donde hacía páginas web para poder comprarme mis CDs originales de rock peruano.  Así conocí a Mar de Copas, que fue probablemente el grupo que más escuché hasta hacerme adulto.  Recuerdo cuando me amanecía estudiando Historia, porque empezaba a estudiar a las 10 pm, me amanecía escuchando Radio Insomnio con Sergio Galliani, ya tomaba combi solo y generalmente tomaba una Todo Benavides, china a la 53, porque como no tenía Play Station me iba a jugar Winning Eleven ahí.  Muchas veces jugaba solo para poder practicar.  No puedo olvidar mi retiro de 4to de media, el retiro de la confirma, donde vi convulsionar a mis amigos, tocados por el espíritu santo.  Luego nos pasábamos la noche leyendo chistes rojos en las barracas sólo para hombres.  Mi mejor amiga se cagó de risa toda una sesión cuando le conté el chiste de “Aló, ¿está Agustín? No, estoy incomodín”.  Me sentí mal porque no me desmayé cuando me hicieron la imposición de manos.  Me confirmé, aunque luego pasé por un largo proceso de agnosticismo, hasta mi vuelta a la iglesia no hace mucho tiempo atrás.

Terminé el colegio, viajé a Tarma y Chanchamayo, me sentía la cagada porque empezaba a descubrirte.  Ingresé a varias universidades, de hecho pasé por la USIL y Cibertec, claro, menos de medio año en cada una, para luego luchar por lo que siempre quise hacer: estudiar en la de Lima.  Ingresé a la de Lima, ya tenía 18 años, empezaba a chupar con mis patas, y empezaba a valorar el hecho de saber que te juegas la mitad del sueldo de tu viejo por estudiar en una buena universidad.  Curiosamente la vida me hizo entender que el hecho de saber arreglar computadoras no te hace ingeniero de sistemas, y, al mismo tiempo, empecé a darme cuenta que me gustaba mucho interactuar con la gente, sobretodo cuando era parte del Equipo de Imagen de la universidad, donde mis sábados se pasaban en colegios y ferias educativas convenciendo a chicos no mucho menores que yo para que estudiaran conmigo, incluso llegué a compartir aulas con algunos de ellos.  Debo reconocer que mi principal motivación era que me regalaban el exquisito triple de pollo, jamón y queso de la señora Normita, antigua inquilina del kiosko del Pabellón C, de Estudios Generales, quien amorosamente me entregaba mi pedido, me llamaba por mi nombre, y no necesitaba decir palabra alguna para que me diera exactamente lo que quería pedir.  Me cambié a Administración, hice buenos amigos, disfrutaba yendo a clases, me sentía como pez en el agua.  Ingresé a AIESEC, empecé a destacar rápido por mi labia bastante particular, y porque, como lo principal era generar intercambios entre el Perú y otros países, conocer gente de todo el mundo, empecé a darme cuenta del país maravilloso que eres.  A veces no entendía por qué venía un pata de Finlandia, un chico de Alemania, o una chica de India al Perú.  Incluso sigo pensando que a veces puede ser muy chocante para un extranjero vivir en tí, por lo caótico del transporte público, por ejemplo, pero es que eres un país tan de puta madre, tan completo, diverso, que todas esas cosas pasan a un segundo plano.

Tuve la suerte de poder ir a Chile, mi primer viaje solo, para tratar de entender por qué supuestamente nos detestamos entre nosotros, y me llevé con la sorpresa que es, en mayoría, puro ruido mediático, y que poco a poco nos vamos conociendo más y que somos países bastante similares.  Luego pude regresar a Chile, y pude conocer Argentina y Uruguay, también promoviendo tu nombre como destino de intercambios.

Conocí a mi esposa, que es checa, luché por ella casi 3 años, sorteando la distancia, mis prácticas profesionales y segunda mitad de la universidad.  Conocí Europa, al principio te debo confesar que me quedé cojudo y, nuevamente, volvía a considerarte un poco como un país de mierda, atrasado, sin la variedad de yogures que visten los frigoríficos de los supermercados europeos, sin trenes, sin metro, sin un sistema integrado de transporte, pero sólo en ese sentido, porque en República Checa siempre me decían que eras un país muy bonito, incluso hay checos que te conocen mejor que yo, ¿puedes creerlo?.

Heme hoy, a seis meses de haberte pisado por última vez.  Tú sabes que esos últimos dos meses de ciclo de verano, de último ciclo fueron bastante difíciles.  No había noche que no se me cayeran lágrimas de los ojos porque, aparentemente, parece que uno aprende a amarte mientras más lejos está de ti.  Me preguntaba cuándo iba a volver, cuándo iba a escuchar de nuevo las puteadas de mis papás, cuándo me iba a volver a meter una borrachera espectacular con mis mejores amigos, cuando éramos Knox, Pipi, Klaus y yo.  Las interminables noches estudiando cálculo con el gordo Williams y con Armando Alegría, con la memorable destrucción de la Guía de Ejercicios #1 de Pipi.  Cuando nos cagamos de risa dos horas porque le dijimos al pobre mozo del Clubhouse de Palmas que el restaurante era una bomba de tiempo porque no tenía la señal de no usar ascensor en caso de sismo ni banda antideslizante en las escaleras, siendo un restaurante de un piso y al aire libre.  Daría la que fuera por comerme una bolsa de rosquitas y cachitos de mantequilla de esa panadería chiquita en la calle Huancavelica del centro de Lima, una empanada de carne y budín de yuca del Buen Gusto, un Bisteck a lo Pobre del Buen Sabor, o un señor plato de Sorrentinos de Ají de Gallina y Raviolones de Asado de La Bistecca.

Aquí, en la República Checa, tuve la oportunidad de enseñarle a los niños checos quién eres.  Pasaron miles en frente mío, y, cágate de risa, ha sido la experiencia que más me hizo aprender y sentirme orgulloso de ti.

Hagamos un trato.  Voy a sacarme la mierda en mi maestría y hacer lo imposible por regresar a ti luego de la maestría y devolverte todo lo que tu me has dado.  Tú, déjame volver a ti, bañarme en tus mares, leer las venas de tus ríos, volver a vivir un rato en tus paisajes, romper todos mis sentidos con tu gastronomía y volver a sentirte en plenitud.

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