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Crónica de una navidad checo-peruana

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No hay Toribianitos, no hay pavo, no hay chocolate caliente para taza tipo Cuzco ni el estruendoso sonido de los “cuetes” reventando sin parar, llenando de pólvora hasta el último de mis cilios.

No hay algún Plaza Vea atendiendo las 24 horas por el crecimiento de la demanda, no ves a la gente rajando de lo misio que es el regalo que está comprando el huevón de al lado, de cómo la chica viendo los trapos de liquidación de temporada se puede poner encima ese color, de qué falta de clase y de cómo se nota que hay plata en el Perú y que a veces la democracia en este (o ese) país es mucha.

No veré a las figuras de Al Fondo Hay Sitio, Combate o Esto es Guerra desfilando con motivos navideños por las señales que transmiten su señal por el espectro radioeléctrico peruano, no podré ver las diferentes ediciones especiales de panetones, aunque debo decir que he visto unos comerciales que me han dejado bastante pensativo, ver los siguientes:

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No podré comprar mi panetón de Melcochita o mi CD navideño de Diego Dibós y Anna Carina Copello, ni chispitas mariposa, cuetecillos, arrancadores, silbadores ni cuetones, aunque esos puedo comprarlos aquí en Praga sin problemas para año nuevo, hasta en Makro los venden, pero vamos a circunscribirnos a la fiesta navideña.

Las fiestas navideñas en la República Checa son algo distintas a las peruanas, aunque no extremadamente distintas. Acá también ponen lucecitas y árboles de navidad, aunque lo hacen unas dos o tres semanas después que en el Perú. Acá los regalos no los trae Papá Noel, sino el Niño Jesús de Praga, que me parece tiene más sentido pues es el cumple de nuestro pata el barbudo. Acá no se come panetón, aunque se puede encontrar en los grifos Agip, que son italianos y tienen su oferta navideña italiana. Yo me compré mi rico panetonzazo Melegatti, tírenle un bisteck:

Los checos tienen su propio panetón, la Vánočka, acá les dejo un video donde sale cómo preparar una Vánočka con 9 trenzas, el único problema es que es en checo pero es video así que no molesten:
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Una cosa muy tradicional aquí, también, es la carpa.  Cuando hablo de carpa no estoy hablando de una carpa para acampar en La Cantuta, sino un pescado.  Las carpas se venden frescas y vivas en la calle:

Claro que los vendedores pagan por el espacio y el proceso es ordenado, es decir que no tienes a mil ambulantes vendiendo carpa, y las carpas están en unas tinas enormes con agua, puedes comprar la carpa viva y te la llevas a tu casa y la pones en la tina y tú solito la matas y la pelas (nótese que es el pez, no el perro que está sapeando):

O puedes comprarla ya fenecida a la amiga carpa:

La carpa se apana en pan, porque no se va a apanar en otra cosa pues, ¿no?, y se fríe, y se come, porque no la vas a freír para dejarla tirada y tenerla de adorno.  Yo, haciendo gala de mi no adhesión al pescado, comeré mi pedazo de lechón, que es otro de los contenidos peruanos de esta navidad en Praga.  Acá también comen un montón de dulcecitos navideños:

Y los mercados navideños son así:

Mercado navideño en la Plaza de la Ciudad Anciana

En esos kioskos de madera venden dulces, vino caliente con canela, galletas de gengibre, o kion, como decimos en Perú, manualidades navideñas, jodol (hot-dog) y chorizo así bien riqui, marca Zeman todavía, que es como decir Braedt.

Tengo la suerte que justo me visitó una amiga arequipeña la semana pasada, y me trajo Kola Escocesa, toffees y chocolates de La Ibérica, así que la mesa de mi hogar no sólo será peruana, sino que también tendrá su toque de arequipeña.  Además, la estrella del nacimiento, claro que aparte del niño Jesús, es un angelito de los nacimientos peruanos tradicionales tocando su zampoña.  Así que esto, junto con el panetón italiano, porque no pude encontrar peruano, es el touch peruano de la navidad checo-peruana en la casa de mi suegra.

Veselé Vánoce! Felíz navidá! Son los sinceros deseos de este, su humilde servidor.


Epístola al Perú

Hay veces en que me pongo a pensar si, realmente, uno genera una conexión con el sitio donde nace, una especie de vínculo indeleble, una marca que perdura por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum.

Hice sign up con el Perú, o sea contigo, en la segunda mitad de los ochenta, años difíciles por la hiperinflación y el terrorismo.  Soy de la generación que nació bajo el slogan “El Perú es un país de mierda”.  Y para serte sincero, mi vida no era ni por asomo el vía crucis que padeció la mayoría de tus ciudadanos durante esa turbulencia de precios que crecían de manera exponencial a la par con la pobreza y la violencia.  Tenía la suerte de poder usar flotadores importados en la piscina del Jockey, de poder disfrutar de una parrillada con mi familia en el interminable jardín de la casa de mi madrina, de poder ir a misa a la Iglesia de Fátima en Miraflores, de poder comer una hamburguesa en Pops, de escuchar los gritos de mi padre gritando “¡Punto Peruano!” desde la cocina.  Carajo, teníamos tele en la cocina.  Tenía la suerte de ir a la casa de Gerónimo, mi amigo del nido Isabel de Orbea, competencia del Little Villa, y poder bañarme en su piscina, así como jugar Nintendo y ver programas de la televisión gringa porque tenía antena parabólica.  De comer turrón de doña pepa del Club Nacional, de soñar de algún regalo que me trajeran mis primos porque se fueron de viaje a Miami, Disney y alrededores, de acompañar a mis papás a comprar a Wong, bueno, E.Wong en esa época, de tener una lonchera marca Rubbermaid y de sentir que me arruinaron la infancia porque mis compañeritos del Inmaculado Corazón me decían que se fueron de vacaciones a Estados Unidos o a Europa, mientras yo replicaba, ligeramente avergonzando, que mis papás me llevaron a Tacna y Arica.  Me queda claro que desde el primer momento de mi vida fuiste bastante generoso conmigo.

Corrían ya los noventa y esos que te hicieron tanto daño fueron parando poco a poco a la cárcel.  Todo parecía indicar que te ibas arreglando.  Teníamos una nueva moneda, llegaban productos que antes no llegaban, ya no hacíamos colas tan largas para comprar arroz, tenía Super Nintendo y Game Boy, y las mamás de mi colegio ofrecían el popular servicio del Choice Lunch, versión misia de la Cajita Feliz, o como decimos los gringos, Happy Meal, porque aún no había McDonald’s, aún no estabas tan bien parado.  Llegó el tiempo de sacarnos la mugre en los recreos con los taps, no faltaba algún hijo de puta que se había traído la máquina para hacer taps de Miami y te cagaba la ilusión de haberte sacado un super tap de Bugs Bunny en tu interminable bolsa de Chizitos, cuyo contenido, a excepción del tap, obviamente se iba directo a la basura, porque sólo querías el tap.  También estaban los huachafos que se habían comprado el ring de taps de plástico que venían con los chocolates Winter’s.  Sabían a mierda los chocolates Winter’s en esa época.  Épocas donde comer Kentucky o Pizza Hut era sólo para pitucos, y donde acababa de aterrizar Domino’s Pizza, y era la cagada porque algunos se alucinaban gringos porque era la pizza con que se cierra la película “Los Goonies”.

Nunca voy a olvidarme las inolvidables tardes en el Centro de Esparcimiento del Jockey Club, cuando empecé a jugar tenis, parecía que tenía futuro.  Mi papá me había comprado una caja de crayolas marca Crayola de la puta madre para el colegio, con mil colores, pero por alguna razón todo se fue a la mierda económicamente, ya en el Santa María alguna profesora me recriminó por el delito de no haber pagado la boleta, bajo la pena de no ir al espectáculo de Inca Kola en el coliseo, aunque no contaba con mi astucia de sacar la boleta recién pagadita, con lo cual el castigo pasó a ser el premio de ser inmediatamente repuesto en la fila, incluso llegando a estar primero.  Eran épocas en donde si no pagabas la pensión no podías ni dar los bimestrales.  Eran épocas del fenómeno del niño del 97, la crisis asiática, recesión, mi viejo perdió su chamba y tuve que irme a un colegio más acorde a nuestra realidad, el colegio a donde me iba a ir si me portaba mal.  Era como cambiar de un meche a un escarabajo parchado con radio Punto Azul bambeada y tubo de escape picado.  Mis compañeros más pudientes eran de Chama y Vista Alegre, mientras los menos, de Bolichera y Saint John of Looking Flowers.  No sabes cómo te agradezco infinitamente por eso, porque tuve la suerte de conocer gente de otros estratos socioeconómicos y de entender que no todo en la vida era tener amigos del Regatas, ya que al ser socio del Jockey no podía aspirar a pasar un fin de semana en La Cantuta o San Antonio, no podía comer Bembos sin tener que recurrir a mis papás para que me lleven y tampoco podía aspirar a practicar esgrima.

Empecé a interactuar mucho más con las computadoras, fui a Wilson por primera vez en mi vida y era como estar en el paraíso.  Eran mis épocas de adolescente donde hacía páginas web para poder comprarme mis CDs originales de rock peruano.  Así conocí a Mar de Copas, que fue probablemente el grupo que más escuché hasta hacerme adulto.  Recuerdo cuando me amanecía estudiando Historia, porque empezaba a estudiar a las 10 pm, me amanecía escuchando Radio Insomnio con Sergio Galliani, ya tomaba combi solo y generalmente tomaba una Todo Benavides, china a la 53, porque como no tenía Play Station me iba a jugar Winning Eleven ahí.  Muchas veces jugaba solo para poder practicar.  No puedo olvidar mi retiro de 4to de media, el retiro de la confirma, donde vi convulsionar a mis amigos, tocados por el espíritu santo.  Luego nos pasábamos la noche leyendo chistes rojos en las barracas sólo para hombres.  Mi mejor amiga se cagó de risa toda una sesión cuando le conté el chiste de “Aló, ¿está Agustín? No, estoy incomodín”.  Me sentí mal porque no me desmayé cuando me hicieron la imposición de manos.  Me confirmé, aunque luego pasé por un largo proceso de agnosticismo, hasta mi vuelta a la iglesia no hace mucho tiempo atrás.

Terminé el colegio, viajé a Tarma y Chanchamayo, me sentía la cagada porque empezaba a descubrirte.  Ingresé a varias universidades, de hecho pasé por la USIL y Cibertec, claro, menos de medio año en cada una, para luego luchar por lo que siempre quise hacer: estudiar en la de Lima.  Ingresé a la de Lima, ya tenía 18 años, empezaba a chupar con mis patas, y empezaba a valorar el hecho de saber que te juegas la mitad del sueldo de tu viejo por estudiar en una buena universidad.  Curiosamente la vida me hizo entender que el hecho de saber arreglar computadoras no te hace ingeniero de sistemas, y, al mismo tiempo, empecé a darme cuenta que me gustaba mucho interactuar con la gente, sobretodo cuando era parte del Equipo de Imagen de la universidad, donde mis sábados se pasaban en colegios y ferias educativas convenciendo a chicos no mucho menores que yo para que estudiaran conmigo, incluso llegué a compartir aulas con algunos de ellos.  Debo reconocer que mi principal motivación era que me regalaban el exquisito triple de pollo, jamón y queso de la señora Normita, antigua inquilina del kiosko del Pabellón C, de Estudios Generales, quien amorosamente me entregaba mi pedido, me llamaba por mi nombre, y no necesitaba decir palabra alguna para que me diera exactamente lo que quería pedir.  Me cambié a Administración, hice buenos amigos, disfrutaba yendo a clases, me sentía como pez en el agua.  Ingresé a AIESEC, empecé a destacar rápido por mi labia bastante particular, y porque, como lo principal era generar intercambios entre el Perú y otros países, conocer gente de todo el mundo, empecé a darme cuenta del país maravilloso que eres.  A veces no entendía por qué venía un pata de Finlandia, un chico de Alemania, o una chica de India al Perú.  Incluso sigo pensando que a veces puede ser muy chocante para un extranjero vivir en tí, por lo caótico del transporte público, por ejemplo, pero es que eres un país tan de puta madre, tan completo, diverso, que todas esas cosas pasan a un segundo plano.

Tuve la suerte de poder ir a Chile, mi primer viaje solo, para tratar de entender por qué supuestamente nos detestamos entre nosotros, y me llevé con la sorpresa que es, en mayoría, puro ruido mediático, y que poco a poco nos vamos conociendo más y que somos países bastante similares.  Luego pude regresar a Chile, y pude conocer Argentina y Uruguay, también promoviendo tu nombre como destino de intercambios.

Conocí a mi esposa, que es checa, luché por ella casi 3 años, sorteando la distancia, mis prácticas profesionales y segunda mitad de la universidad.  Conocí Europa, al principio te debo confesar que me quedé cojudo y, nuevamente, volvía a considerarte un poco como un país de mierda, atrasado, sin la variedad de yogures que visten los frigoríficos de los supermercados europeos, sin trenes, sin metro, sin un sistema integrado de transporte, pero sólo en ese sentido, porque en República Checa siempre me decían que eras un país muy bonito, incluso hay checos que te conocen mejor que yo, ¿puedes creerlo?.

Heme hoy, a seis meses de haberte pisado por última vez.  Tú sabes que esos últimos dos meses de ciclo de verano, de último ciclo fueron bastante difíciles.  No había noche que no se me cayeran lágrimas de los ojos porque, aparentemente, parece que uno aprende a amarte mientras más lejos está de ti.  Me preguntaba cuándo iba a volver, cuándo iba a escuchar de nuevo las puteadas de mis papás, cuándo me iba a volver a meter una borrachera espectacular con mis mejores amigos, cuando éramos Knox, Pipi, Klaus y yo.  Las interminables noches estudiando cálculo con el gordo Williams y con Armando Alegría, con la memorable destrucción de la Guía de Ejercicios #1 de Pipi.  Cuando nos cagamos de risa dos horas porque le dijimos al pobre mozo del Clubhouse de Palmas que el restaurante era una bomba de tiempo porque no tenía la señal de no usar ascensor en caso de sismo ni banda antideslizante en las escaleras, siendo un restaurante de un piso y al aire libre.  Daría la que fuera por comerme una bolsa de rosquitas y cachitos de mantequilla de esa panadería chiquita en la calle Huancavelica del centro de Lima, una empanada de carne y budín de yuca del Buen Gusto, un Bisteck a lo Pobre del Buen Sabor, o un señor plato de Sorrentinos de Ají de Gallina y Raviolones de Asado de La Bistecca.

Aquí, en la República Checa, tuve la oportunidad de enseñarle a los niños checos quién eres.  Pasaron miles en frente mío, y, cágate de risa, ha sido la experiencia que más me hizo aprender y sentirme orgulloso de ti.

Hagamos un trato.  Voy a sacarme la mierda en mi maestría y hacer lo imposible por regresar a ti luego de la maestría y devolverte todo lo que tu me has dado.  Tú, déjame volver a ti, bañarme en tus mares, leer las venas de tus ríos, volver a vivir un rato en tus paisajes, romper todos mis sentidos con tu gastronomía y volver a sentirte en plenitud.

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Acá también hay caldo Maggi

 ¿Sabían que hay un plato que literalmente se llama ají de gallina en la comida checa?  El nombre en checo es Slepice na Paprice, y hasta se parece al nuestro en la foto:

pero quisiera centrarme más en lo que para mí, como peruano, significa cambiar de bolo alimenticio, y empezar a deglutir los olores y sabores de la comida checa y de los productos alimenticios del mainstream checo.

La comida checa se caracteriza, básicamente, por elementos comunes en la mayoría de sus platos como la carne de cerdo, las papas, harina de papa, los knedliky, o dumplings, como decimos los gringos, así como verduras como la col agria o chucrut, que ellos suelen llamar sauerkraut, pues esta gastronomía mantiene una estrecha relación con la cocina del sudeste alemán y de Austria.  Vale destacar que cada vez se come más carne de pollo y de res, como en el caso del Kuřecí řízek o wienerschnitzel o milanesa de pollo, o de posho, de acuerdo fonético según la variedad dialectal del español hablada por los habitantes de los territorios aledaños al Río de la Plata, o sea Argentina y Uruguay pues chochera, yunta, causa y adú.  Pero hay que mencionar que también se puede hacer milanesa de chancho, en este caso sería Vepřový řízek.

 

El plato más popular de la cocina checa es el popular Vepřo-knedlo-zelo, versión corta de vepřová pečeně s knedlíky a se zelím.  Básicamente es un chancho asado con knedliky o dumplings, que son una especie de pasta hecha a base de harina de papa y horneada, con este sauerkraut que les digo:

Particularmente, el plato que más me gusta es uno llamado Svíčková, o solomillo de res y crema.  Se trata de un pedazo de carne de res, específicamente lomo, pues svíčková significa lomo literalmente, bañado con una salsa hecha a base de zanahoria, perejil y crema de leche.  Aparte se debe echar arándanos, o cranberries, como volvemos a decir los gringos, y también viene con una rodaja de limón, pero el limón checo, que es mas grande que el peruano, aunque el peruano, o limón de pica, acá es conocido como limetka, así que también hay y te puedes hacer tu limonada como en Perú.

También otra comida que me gusta es una vaina que se llama  španělský ptáček o, para el pueblo, pajarito español.  Esto no quiere decir que le cortan el pajarito a un huevón español y lo asan, aunque las similitudes saltan a la vista:

lo que es importante destacar de este plato es que no tiene nada de pajarito porque son unos rollos de carne con salchichas y huevo.  Las salchichas acá son de muy buena calidad, incluso mejor que La Segoviana, La Preferida, y claro, Embutidos Popeye y Chiclín.

En cuanto a los postres, los que más me gustan son los Koláček, que son unas masas dulces con un poco de mermelada de fruta encima y las galletitas que hacen para navidad:

¿Y saben qué?  ¡TAMBIÉN HAY PANETÓN, CARAJO! Se llama Vánočka, pero es ligeramente diferente, así parece:

No sé cómo terminé haciendo un breve repaso de la gastronomía checa, pero yo sólo quería decirles que acá también hay caldo Maggi.

 


Los escolares checos aprenden sobre el Perú

Comparto una entrevista que me hizo el periodista chileno Gonzalo Núñez de Radio Praga, aunque debo señalar que no soy economista sino Administrador.

Pueden escuchar la entrevista AQUÍ

El proyecto Edison, de la asociación estudiantil internacional AIESEC, llevó durante cuatro semanas, desde fines de abril hasta mediados de mayo, la cultura de diversos países del mundo a las escuelas de enseñanza básica de la República Checa. Entre los países incluidos en esta edición del proyecto, muy bien representado estuvo el Perú.

Enseñar cultura global en las escuelas checas. Ese es el principal objetivo del proyecto Edison, de AIESEC, que en la presente edición estuvo integrado por representantes de 18 países. Entre ellos solo había dos latinoamericanos, el Perú y Brasil.

Pedro Gutiérrez, limeño recién llegado a Praga, que acaba de terminar sus estudios de economía en la Universidad de Lima, y que es miembro de la AIESEC desde hace un par de años, fue el encargado de enseñar la cultura, historia, geografía, gastronomía y actualidad de su país a los estudiantes checos.

Pedro Gutiérrez

Pedro Gutiérrez“Este proyecto recibió el nombre de Edison Project, es un proyecto generado por AIESEC, que es la asociación internacional dirigida por estudiantes más grande del mundo. Específicamente el proyecto quiere generar cultura global en los niños de las escuelas checas. Lo que se ha hecho en esta edición del proyecto, es traer a personas, voluntarios de alrededor de 18 países. La idea era visitar un colegio checo por semana y se hacían presentaciones de los respectivos países a los niños checos. Y había una especie de aldea global, todo el colegio iba y había mesitas de cada país, bailes, comidas, dibujos, fotos y todo esto”.

Los niños checos que participaron eran todos de enseñanza básica. Y ante casi mil de ellos, en total, repartidos en cinco colegios, Pedro Gutiérrez habló sobre las bondades de su Perú natal.

“Mi labor en este proyecto fue hablarles sobre el Perú a los niños checos. Hice una presentación donde traté de resumir lo mejor del Perú, y en el caso de que no fuera lo mejor, por la misma historia del Perú hay pasajes tristes también, pues la idea era presentarlo de una manera bastante didáctica, no meter el tema político, sino meterlo como hechos relevantes dentro de la historia del Perú. Les hablaba un poco acerca del tema económico. Tú sabes que el Perú en el año 89, mientras los checos tenían la Revolución de Terciopelo, en el Perú las cosas estaban bastante mal, teníamos una de las hiperinflaciones más altas en la historia del mundo y sumado a la historia del terrorismo, Perú era un país en desgracia prácticamente en el año 89. Era un poco enseñarles cómo ha sido la transformación del Perú de un país destrozado a un país que ahora está, no te digo dando la nota, pero está empezando a dar pasos grandes en temas económicos”.

Pedro Gutiérrez, egresado de la Universidad de Lima, disfrutó mucho hablándole de su país a los niños checos. Dice que la respuesta fue muy positiva, que los escolares no sabían mucho sobre el Perú, que alguna noción tenían sobre Machu Picchu, pero no podían situar las ruinas incas en ese país andino.

Ahora lo saben, saben eso y muchas cosas más, gracias a la labor de este economista que ha llegado a Praga movido por el amor y que tiene la intención de quedarse.