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Mensaje a la nación desde otra nación

Mi 28 de Julio empezó, en realidad, el 27 de Julio alrededor de las 7:00 a.m., momento en el cual empieza mi diario ritual de aseo personal y desayuno de 10 minutos antes de salir a mi oficina en el aeropuerto de Praga.  Tengo el orgullo de ser el primer peruano en trabajar en la industria aérea checa, y soy feliz.  Soy feliz porque, a pesar de ser una nimiedad, he hecho historia, y he puesto el nombre del Perú en un sitio donde nunca estuvo.  Y digo que empezó el 27 porque, como todos los peruanos en el extranjero sabrán, las reuniones de confraternidad y camaradería entre peruanos, diplomáticos y amigos del Perú, organizadas por todas las embajadas peruanas en el mundo, generalmente no son el 28 de Julio.  Probablemente sea porque el 28 de Julio es feriado y las embajadas ejecutan los feriados peruanos.  Será, al fin y al cabo porque son una especie de territorio peruano.

Luego de terminar otra agotadora jornada laboral, salí para un hotel de Praga donde se realizó la recepción.  Luego de encontrarme con amigos, gente a la que tengo que saludar por protocolo, y gente con la cual mis relaciones diplomáticas están elevadas a “encargado de negocios” y de comer un anticucho, procedí a dirigirme a mi casa, pensando en que por qué no he puesto la bandera en la ventana, por qué no he mostrado mi escarapela con algún imperdible oxidado, por qué no he puedo el panetón en el centro de mesa, por qué no he sacado un pañuelo y no me he puesto a bailar marinera, por qué no he preparado mazamorra morada universal, y por qué no la he servido en mi práctico y útil envase de vidrio canjeado con 3 empaques y S/. 1.50.

Creo que después de salir de uno de estos eventos un sale confundido.  Tu cerebro de alguna manera te dice que tienes que hacer todas las cosas que hacías en fiestas patrias, pero la realidad luego te dice que ya no estás en el Perú, que los checos no compran el tamalito verde de Wong y no van a poner algún disco de Carmencita Lara para reunir a la familia al lado de una olla de ají de gallina, no rajarán del discurso de PPK o de la bolsa de Renzo Costa que alguna novel congresista de la República utilizó en vez de la cartera alternativa de Michael Kors comprada en alguna galería de la avenida Larco.

Cada 28 de Julio hago una reflexión de manera involuntaria.  Me pregunto por qué no hice un número de cosas que debí hacer antes de irme del Perú, que dicho sea de paso, también fue de manera involuntaria, porque lo hice por amor, y no me arrepiento de haberlo hecho.  Y es inevitable empezar con las comparaciones de por qué en el Perú los autos no dejan pasar a las ambulancias, por qué no falta un cojudo que celebre su cumpleaños al son de los mejores sets de DJ Gian, reventándote el cerebro hasta las cuatro de la mañana, por qué las porciones en los restaurantes son más chicas después de que Gastón los visitó, por qué las veredas y las pistas se siguen agrietando a los dos meses de haber sido construidas, por qué nuestra economía sigue siendo informal y por qué siguen habiendo millones de peruanos sin una vivienda digna, sin agua y sin luz.

Debo decir que República Checa me da muchas cosas que no me da el Perú, como la tranquilidad de salir a la calle y tomar un transporte público de primera y eficiente, de saber que nadie me va a robar y de saber que la gente respeta las reglas.  Sin embargo, creo que el sentimiento peruano nunca se desvanece.  No puedo dejar de maldecir por no tener una Inca Kola a la mano en la refri, de poder ir a llevar la torta al cumpleaños de mi sobrina, de la más absoluta amabilidad en cualquier restaurante, de esa calidez que nos distingue en el mundo.  Y de alguna manera ese recuerdo sirve como un bálsamo la lejanía.  La esperanza de algún día regresar al Perú para hacerlo realmente grande, porque, seamos sinceros, a veces nos creemos algo más de lo que somos.  Para mi vale más una sociedad con valores que ser la mejor gastronomía del mundo, y vaya que la sociedad checa es extremadamente civilizada, y por eso los respeto mucho.

He sabido acoger a la República Checa como mi segundo país, pero nunca voy a dejar de ser peruano y de desear lo mejor para mi querido Perú.  El peruano que no llora cada vez que ve un video de la marca Perú está mintiendo.  Tengo la extraña costumbre de ponerme a escuchar Contigo Perú cuando el avión transatlántico que me lleva de visita a Lima está empezando su descenso, y lloro todo lo que no he llorado en Perú.  Lloro por todo el tiempo en que no puedo estar con mi familia y mis amigos, porque no pueden verme convirtiéndome en el hombre que quiero llegar a ser, porque la distancia, a pesar del Skype, sigue siendo distancia.  Luego salgo del avión y se me pasa.  Abrazo a la señorita de la manga como si fuera mi mejor amiga, saludo con toda la educación del mundo al señor de Migraciones, al taxista que me lleva a casa y el peruano, que siempre fue, empieza a descongelarse.  Mantener a ese peruano, quien realmente soy, me resulta extremadamente difícil en el extranjero al estar influenciado bajo una cultura distinta pero, de alguna manera, trato de adaptarlo a la realidad checa.

¿Qué me falta para regresar al Perú? Una chamba mejor que la que tengo, que el Estado me garantice que mis impuestos van a ser para construir obras que realmente hagan del Perú un país moderno y que no sirvan para construir las locuras de nuestros caudillos.  Que pueda salir a la calle sin preocupaciones, que no pierda 4 horas de mi vida en el transporte público y que el acceso a una salud de calidad no sea para unos pocos.  La diferencia entre mi yo de ahora y el de antes es, básicamente, el concepto de lo común, que es algo que en el Perú prácticamente no existe.

No pretendo con esto esperar que el Perú, de la noche a la mañana, se convierta en Liechtenstein, más aún cuando yo quiero ayudar a construir el país que quiero para mi familia.  Pero que me garanticen sólo lo básico para pensarlo, por lo menos.  La escena del lamento con la mano en la frente la hemos pasado todos los peruanos en el extranjero y debe terminarse.  No hay un día de mi vida en que no promueva al Perú en el lugar donde vivo y donde trabajo.  La promoción del país tiene que ir ahora por dentro.  El gobierno de PPK es realmente muy bueno para la promoción internacional, pero PPK tiene que ganarse una población que lo rechaza cada día por su incapacidad política, continuada ahora con los últimos cambios ministeriales.  Espero, de todo corazón, que el gobierno enmiende la plana, porque, a este paso, sepa Dios quién va a venir en 4 años a gobernar nuestra pequeña aldea llamada Perú.

El Perú somos todos.  Soy yo, también, cuando tomo el metro y veo el sticker de arriba, invitándome, cual turista extranjero, a visitar mi propio país.  Quiero, algún día, dejar de visitar mi país y de escuchar Hoy de Gianmarco antes de viajar.  Quiero vivirlo, retomar el rumbo y que, luego de desterrar la informalidad, la justicia y el marketing político, seamos realmente una sola fuerza, que seamos grandes por nuestros logros como sociedad y no sólo por nuestra herencia cultura o por algún superhéroe peruano que logró algo a nivel mundial, por supuesto, sin apoyo del Estado.

¿Me llevarás de vuelta en algún momento Perú?

Feliz 28.

 

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