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El tiempo es una categoría relativa

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Hoy fue uno de esos días donde tuve que volver a acostumbrarme a mi triste realidad, donde la novedad del día fue el lanzamiento de un nuevo canal de noticias en el cable y donve volví a tomar una combi por la Av. Aviación, demorándome una hora en llegar a Surco. Donde la tos provocada por la cantidad de cigarros que fumo “on a regular basis” me invade y donde también mis ojos estuvieron cubiertos por esa extraña precipitación fluvial que se posa sobre mí cada vez que tengo que separarme físicamente de la persona a quien más quiero en este planeta.

Si me preguntara el viento cómo siento este momento, respondería que alegría por la expectativa de volverla a ver. Faltan menos de 180 días, y ya nos acostumbramos al presagio de lo que probablemente sean nuestras vidas en el largo plazo: aeropuertos, despedidas, llantos, abrazos; pero también alegría, emoción, angustia, y una palabra que resume el precioso tiempo donde estamos juntos en un mismo huso horario: felicidad.

Felicidad de verla, de sentirla, de olerla. Me dejó su shampoo y su pasta de dientes, mi ropa aún huele a su perfume, mis labios aún tienen un poco de su lapiz labial y algo de esa magia que intercambiamos cada cierto tiempo, en Lima o en Praga, donde la intensidad del amor y del romance satisface ese vacío que sentimos en alguna reunión o fiesta, donde quisimos, más que nada en el mundo, voltear y encontrarnos, por lo menos por 5 minutos, para abrazarnos y ser uno.

Este tipo de relaciones tiene sus pros y sus contras, pero no voy a negar que es hermoso irte a dormir sabiendo que tienes, en el otro lado del mundo, a una persona que respira las mismas aspiraciones que tú, la misma visión, los mismos objetivos y la misma ansiedad de volver a estar contigo que tú sientes.

Hoy día, a Dios gracias, puedo decir que soy extramademente felíz a su lado, que me motiva a pelearlo todo, la Universidad, el trabajo y la distancia, que para mí 100 días no son nada para volver a cruzar 2 continentes sólo por sentirla a mi lado, donde puedo sentir esa ternura tan similar a la que siente un niño por un superhéroe, donde ahora, realmente, puedo entender una frase del genial Mario Vargas Llosa, donde lo que el siente por la literatura lo siento yo por un ser humano tan increíblemente igual a mí, donde mi relación no es un pasatiempo, un sport, un juego refinado que se práctica en los momentos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la cual no se puede anteponer nada, una servidumbre libremente escogida que vuelve las propias víctimas (víctimas felices) esclavos.

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